Los coles son cada vez menos coles

Crecí en la Escuela Pública. Así, con mayúsculas. Yo, señora de la EGB, tuve la suerte de formarme como persona en un cole de un barrio de la periferia de Torrejón de Ardoz en el que un puñado de maestras maravillosas llegadas de movimientos de renovación pedagógica decidieron aterrizar con un proyecto educativo que nos convirtió, sin duda, en mejores seres humanos.

Nunca tuve libros de texto propios, no hasta 8º, cuando el equipo directivo cambió. En cambio crecí con muchos libros de texto en una biblioteca de aula que nos enseñaba que las cosas se pueden contar de muchas maneras diferentes, por eso siempre hay que tomar cualquier información desde una postura crítica. Nunca hice deberes, las tardes no eran una prolongación de “mi jornada laboral”. Trabajé por proyectos hasta lo que hoy sería un 1º de la ESO y aprendí muchas cosas, muchas, sobre todo de mis compañeras y compañeros, con los que tenía que colaborar y trabajar en equipo de manera cotidiana.

Mi cole, en los rankings que hoy lleva a cabo la Comunidad de Madrid a través de las pruebas de 3º y 6º de Educación Primaria seguramente habría estado situado en los últimos lugares de esa lista canalla. Porque no aprendíamos para competir en la Liga de Escuelas, porque la sitación socio-económica de la mayoría de las alumnas y alumnos era complicada (lo que condicionaba, como sigue haciéndolo hoy, su desempeño escolar) y en definitiva porque era un cole en el que las personas (y no los resultados), se colocaban en el centro de todo.

Llevo casi un año siendo parte del Consejo Escolar de la escuela de mi hija. En estos meses he aprendido muchas cosas de una escuela pública que se ha convertido en una cosa que yo no soy capaz de reconocer. Lo que más me entristece-enfada de esta nueva escuela madrileña que sospechosamente se ve obligada a funcionar en base a “criterios de calidad” importados de otros sistemas educativos poco igualitarios, es su nivel de burocratización. Con tanto “papeleo”, me sorprende que las maestras y maestros de nuestras escuelas sigan aún enfrentando con vocación y alegría su día a día en el cole. Sobretodo teniendo en cuenta el objetivo de toda esa creación de métricas y documentación: hacer listas de éxitos, al más puro estilo de los 40 Principales. ¿Y para qué? Si al menos todo ello sirviera para dotar de recursos a las escuelas que no alcanzan los objetivos deseados, lo vería hasta bien. Pero no, al fin y al cabo la idea de que “si el cole de nuestras hijas e hijos no funciona como debería, lo que tienen que hacer los profes que trabajan cada día en él es ponerse las pilas” está tan instalada en el imaginario de tantas familias que ni siquiera nos paramos a pensar que las pilas muchas veces no dependen de esos profesionales. Son baterías que llegan desde más arriba. O no llegan, como viene sucediendo en los últimos años de recortes en la Educación Publica.

Pensemos la escuela que queremos para nuestras hijas y nuestros hijos. Entendamos el contexto en el que se desempeñan sus profes cada día antes de juzgar su trabajo. Y colaboremos. La escuela es la suma de todas las personas que participamos de ella, las familias no podemos quedarnos en la barrera.

elfracasodelaescuela

Nota: si eres una madre o un padre del Berzal, soy tu representante en el Consejo Escolar. Puedes contactarme en hello@patriciaaraque.es para conocer más detalles de cualquier cuestión relacionada con los temas que se tratan en las reuniones del consejo. Pero sobretodo, puedes contactarme para seguir conversando sobre el cole que nos gustaría tener.