La empresa psicópata

Las personas con trastorno psicopático, o psicópatas, suelen estar caracterizadas por tener un marcado comportamiento antisocial, una empatía y remordimientos reducidos, y un carácter desinhibido.1​ No sé tú, pero yo leo este corta y pega que he hecho desde Wikipedia y que en realidad es un fragmento de “Psychopathic Personality: Bridging the Gap Between Scientific Evidence and Public Policy”  de Skeem, J. L.; Polaschek, D. L. L.; Patrick, C. J. y Lilienfeld, S. O. y no puedo más que pensar en muchas startups que nos han querido vender como modelos de éxito, pero que en el fondo están contribuyendo a ahondar en el mundo de mierda en el andamos enfangadas sin tan siquiera haberlo elegido.

El pasado domingo me pasé el Día Internacional de la Emprendedora lidiando con una de ellas.

El Día de la Emprendedora- WED (Women Entrepreneurship Day) es un movimiento con origen en Naciones Unidas en 2014, que sucede alrededor del mundo y del que soy Embajadora en las Españas desde su creación. Como servidora está más que cansadísima del “a ver quién la tiene más grande” en el mundo eventero, de los trending topics y de tener que rellenar auditorios por el simple hecho de rellenar; cuando se cayó el posible sponsor para WED Spain de este año, vi la luz al final del túnel y la excusa perfecta para hacer algo pequeño, amoroso y que aportara valor de verdad, del bueno, a las 30 emprendedoras que como máximo íbamos a tratar de reunir el 19 de noviembre en el Espacio elpuente en Madrid.

Así que allí nos plantamos 30 mozas el domingo. Cada una de ellas había delegado en WED Spain (vamos, en mí) la tarea del sustento básico para ese día: el comer y el beber. Ingenuas ellas, no sabían que yo a su vez, había delegado parte de ese asunto en el servicio de catering que “Café & Tapas” lleva un par de meses ofreciendo a través de la súper cool, súper exitosa, súper levantadora de rondas de financiación Glovo. ¿Cómo íbamos a pensar que Glovo, que es una empresa que roza el cielo de las startups iba a fallarnos?

Pues no sólo nos falló, sino que casi nos jode WED Spain (de hecho iba a titular este post “Así fue como Glovo (casi) nos jode el Día Internacional de la Emprendedora en España”). Oscar Pierre y Sacha Michaud, fundadores de Glovo, escuchadme: ¡pasamos hambre! ¿Sabéis por qué? Porque cuando vuestros glovers (qué término más cool para un pobre precario que trata de conseguir una miseria de sueldo a golpe de pedales) llegaban a recoger el pedido que “Café y Tapas” tenía preparado, se daban cuenta de que no podían hacerlo solos. Y pedían ayuda a través de soporte. Y nadie les hacía caso. Y así durante cuatro largas horas. Uno tras otro. Vuestros glovers se frustraban y cuando yo les llamaba, sacaban todo ese patricarcado que llevan dentro y pasaban del trato condescendiente “ay mi amor déjame que te explique” a un deshinibido “eres gilipollas”  que me llegó a lanzar uno de ellos antes de colgarme.

A mí tampoco me hacía caso nadie. Hasta que mandé un tuit que por supuesto fue contestado con las dos líneas que seguro bien especificadas aparecen en alguno de los manuales que fijan el protocolo de atención al cliente en vuestras redes sociales. Y otro, y otro más pidiendo que se cancelara el pedido. Y entonces sí, ahí fue cuando me llamaron desde su central en Barcelona. Me llamaron para decirme que no podían cancelar el pedido porque ya estaba preparado. Y que me entendían. Y u-na-mier-da me entendiáis. Una empresa psicópata nunca entiende a sus clientes, porque no empatiza con ellos. No daba crédito, Glovo se estaba negando a cancelar nuestro pedido porque si lo hacía se lo tenía que pagar a “Café y Tapas” y seguían insistiendo en que lo recibiría en los siguientes veinte minutos. Glovo estaba poniendo por detrás de esos euros que estoy segura son “peanuts” para una startup que roza el jodido cielo, las necesidades de 30 personas que llevaban esperando su comida más de cuatro horas.

Al final trajeron el pedido. A las 18:45h. La merienda-cena de toda la vida. Los glovers estaban descojonándose cuando intentaron hacer la entrega. A estas alturas no es que no diera crédito, es que me parecía todo una puta broma de mal gusto. Por supuesto ya habíamos comido. Y por supuesto terminaron cancelando el pedido cuando les invité amablemente a marcharse y a no seguir interrumpiendo el desarrollo del encuentro.

Y digo yo, ¿qué necesidad había, Glovo? ¿A qué se debe ese marcado comportamiento antisocial, esa empatía y remordimientos reducidos, y ese carácter desinhibido de tus empleados? Déjadme que os conteste: a que sois una empresa con una cultura corporativa con tintes de psicopatía.

¿Sabéis lo mejor de todo? Que el día, a pesar de las ansiedades que se desencadenaron y de lo que personalmente sufrí con todo este lío, fue maravilloso. Nada mejor que lo que nos pasó para practicar la sororidad, para sentirnos más unidas como grupo, para reafirmarnos todas en que necesitamos otros modelos de empresa en el ámbito de lo digital y para concluir que la cultura depredadora de los actuales “modelo de éxito” startupiles no nos lleva a nada bueno. No queremos empresas psicópatas. Queremos empresas humanas que hagan felices a sus empleados, a sus clientes, a sus colaboradores. En definitiva, a las personas. Mirároslo, por favor.

Un besi

Patricia Araque

Embajadora para España del International Women’s Entrepreneurship Day

Fundadora de Ellas Al Cuadrado

Nota: para las que estéis preocupadas por sí al final comimos o no (que yo sé que algunas lo estáis pensando porque no sois psicópatas y os ponéis en el lugar de las demás…, sí, comimos. Y mientras lo hacíamos, entre risas, nos llevamos cuatro reflexiones : 1) Siempre hay marrones cuando emprendes, manéjalos a golpe de estoicismo y cooperativamente, porque así las soluciones llegan antes 2) Ten una red de apoyo emocional de otras emprendedoras que sufran marrones también y empaticen contigo en los momentos chungos 3) No delegues nunca el control del vino y 4) En las crisis, ten a mano un restaurante chino. Siempre están a la altura. Gracias Restaurante Kai Yuan.

*La foto que ilustra este post es de Isabel Salazar